domingo, 30 de noviembre de 2008

Sentido del Adviento


“Adviento”... es venida, llegada. La iglesia aplica este término a la venida de Cristo, en su doble vertiente: temporal (Jesús ya nació) y escatológica (Jesús ha de venir nuevamente).


Adviento... una doble espera. Es espera, preparación al nacimiento de Cristo, pero no en su aspecto histórico (pues Cristo ya nació hace más de 2000 años; ya no se trata de pañales, ni de pesebre...), sino como celebración litúrgica. Por eso es preparación para recibir la gracia que nos hace hijos de Dios. Al inicio de un nuevo milenio, queremos prepararnos y ayudar a otros a que se preparen a recibir la abundancia de la vida divina que el Nacimiento de Jesús trae para el universo entero, y del cual es posible participar en la celebración litúrgica (Eucaristía). Esta espera debe ser gozosa, llena de alegría. Pero también es espera de la manifestación gloriosa de Cristo al final de los tiempos, pues aún no a aparecido en el mundo (Parusía). La espera gozosa y alegre de la Navidad apunta a la venida del Señor al final de los tiempos. Por tanto, esta espera debe ser más austera, contemplativa, silenciosa, como lo anuncia Jesús en el evangelio (Cf. Mt 24,45-51). Se podría decir que esperamos la parusía, porque rememoramos la Navidad.

Por ello cada Adviento como espera gozosa que nos lleva a celebrar el misterio de la Encarnación, ha de prepararnos en la esperanza de la Parusía, estar atentos a la segunda venida de Jesús, como lo hizo el criado fiel. Navidad y Parusía son los polos que mantienen en tensión la esperanza Cristiana.


El tiempo de Adviento: celebración litúrgica de esa doble espera. El tiempo de adviento consta de cuatro semanas. Los domingos de este tiempo se denominan domingo I, II, III, IV de Adviento. Durante las tres primeras, las lecturas de la Eucaristía subrayan el aspecto de la esperanza en la segunda venida de Cristo el Salvador; en la última semana, en cambio, la liturgia hace que centremos nuestra atención en torno al acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, que se celebra solemnemente en la Eucaristía. Aquí en México, durante esa última semana tenemos las tradicionales posadas, que también nos ayudan a la vivencia del adviento y a la contemplación del misterio de la Encarnación.

Domingo I de Adviento: “El Señor viene”. En este domingo la Iglesia toma una postura de expectativa del Señor que viene, se recoge en oración con María, alejando el temor. La Iglesia acompañada del Espíritu Santo ha entablado un diálogo con su esposo: “Ven Señor Jesús”.

Domingo II de Adviento: el mensajero grita: “Preparad el camino”. El lema del segundo domingo es “preparad el camino” es San Juan el bautista el que pregona la preparación. En el Espíritu de la expresión gozosa de la última venida del Señor resuena ohí la voz del que grita en el desierto. Con este domingo entramos en la historia: los anuncios mesiánicos empiezan a cumplirse y las aspiraciones de la humanidad a realizarse.

Domingo III de Adviento: invitación a la alegría: “Está en medio de nosotros”. El tercer domingo es protagonizado por Juan el bautista. Nos presenta una gran alegría. He aquí el motivo de esta alegría: la proximidad de la fiesta del nacimiento del Señor. La alegría es la respuesta al gran anuncio que ha hecho Juan el bautista. Entonces ahora comprendemos por qué la liturgia hace del bautista el personaje central del adviento.

Domingo IV de Adviento: anuncio de la encarnación del Señor. El cuarto domingo la liturgia no tiene preocupaciones cronológicas. Lo que importa es introducirse en la contemplación del misterio. El modelo presentado en este domingo es la imagen de la virgen María como modelo perfecto, virgen creyente.

Adviento: signos que ayudan a vivirlo mejor. La austeridad manifestada en el arreglo de la Iglesia: plantas verdes en lugar de flores; el color morado en el ambón, en el mantel del altar, en las vestimentas del sacerdote.

La corona de adviento: una corona (que significa el caminar del tiempo y de la historia) cubierta con ramas verdes (significa la actitud de esperanza del cristiano), que lleva fijas cuatro velas. Tres velas son morada, una es rosa que son encendidos gradualmente en el día domingo de cada una de las cuatro semanas (significan la irrupción del anuncio del Mesías que rompe con esa sucesión lógica del tiempo). El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Es otro signo para manifestar nuestra actitud vigilante.

La ambientación con cantos y oraciones: han de ser propios del tiempo. Debe de tratarse de una letra y de una música que evoque inmediatamente el tiempo de la esperanza en la venida del Señor Jesús; que en el espíritu cada hermano o hermana de esta comunidad, se asocie con la actitud de alguien que espera y anhela un acontecimiento importantísimo. En la misa se omite el canto de gloria hasta el día 24 de Diciembre por la noche. El amor a los pobres: el adviento ha de experimentarse en la vida concreta, specialmente en un compromiso con los pobres, con los que menos tienen. Que cada hermano o hermana de esta comunidad no se queden con una idea falsa de este tiempo como ocasión especial para el consumismo... hay que aprender a compartir, sobre todo con los menos favorecidos.

El tiempo de Adviento comienza el domingo siguiente a la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que en este año 2008 será el domingo 23 de noviembre, en cuento que la primera semana de adviento iniciará el domingo 30 de noviembre y acabará antes de las primeras vísperas de Navidad. Las ferias del 17 al 24 de diciembre, inclusive, tienen la finalidad de preparar más directamente la Navidad.

Carlos Manuel Patiño Rojas, sdb.


viernes, 28 de noviembre de 2008

Violencia desde el Noviazgo


En 1999, la Asamblea General de la ONU ha declarado el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y ha invitado a los gobiernos, las organizaciones internacionales y las organizaciones no gubernamentales a que organicen en ese día actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública respecto al problema de la violencia contra la mujer. Desde 1981, las militantes en favor del derecho de la mujer observan el 25 de noviembre como el día contra la violencia. La fecha fue elegida como conmemoración del brutal asesinato en 1960 de las tres hermanas Mirabal, activistas políticas de la República Dominicana, por orden del gobernante dominicano Rafael Trujillo (1930-1961).

Es pues una oportunidad muy válida para reflexionar sobre la gestación de esta violencia; pues las declaraciones y marchas a nivel macrosocial no pueden frenarla si ésta es consentida o al menos aceptada resignadamente como lo más normal de la vida cotidiana. ¿Qué puede ayudarnos a frenar la violencia? La violencia sólo engendra más violencia, y la resignación frente al problema, sólo lo mantiene, no lo resuelve. Las campañas feministas las hay de todos colores y todas las gamas, desde las que sólo exigen la valoración de la mujer hasta quienes ven en cualquier hombre un enemigo. Esta es la violencia de género, una guerra en que tiene que existir un sometido. Las campañas feministas, como las machistas, no son la solución. No se trata de someter, sino de respetar, de amar la diferencia.

La violencia de género es alimentada dentro de la familia por una costumbre más que por una ideología consciente. El machismo tan acusado, y que ya está en crisis, se gesta cuando la mujer le da cabida dentro de su dinámica relacional. Un ejemplo claro es la estereotipada imagen de la madre mexicana, abnegada, capaz de soportar con heroica paciencia los reclamos del esposo, los desatinos de los hijos y no exigir para sí ninguna recompensa, contentándose con una comida el 10 de mayo. Este modelo de mujer puede parecer superado, pero aún es aspirado por el grado fuerte de dramaticidad y ternura que despierta. El emblemático "Día de las Madres" en una sociedad llamada machista es el reconocimiento de la valoración de este estereotipo, modelo admirado por hombres y repetido por las mujeres.

Un momento privilegiado para evidenciar esta violencia, pero sobre todo, el lugar ideal para frenarla es el noviazgo. Con frecuencia hablamos de "conquista" para hablar del dominio que se tiene sobre la persona amada, con frecuencia el adjetivo "mi" llega a solapar con románticos ecos el deseo posesivo escondido en la relación. Podemos hablar de dos etapas de noviazgo: el adolescente y el maduro. El primero constituye un autodescubrimiento, el centro de la relación no es el otro, sino "yo con el otro". En esta etapa estoy tratando de conocer mi capacidad relacional, la pareja es mi campo de experimentación. Esto no implica que no haya una preocupación por el otro(a), pero lo es en la medida en que el bienestar de la pareja es para mí motivo de satisfacción y bienestar, o simplemente sólo se trata de "gustarle", en ese caso, yo soy exaltado(a) como el más grande tesoro. Las experiencias de esta etapa constituyen principalmente el despertar erótico, la necesidad de compañía y confidencia, el pasar un buen rato. De hecho, decimos para comenzar la relación: "¿quieres andar conmigo?".

La segunda etapa de noviazgo, el maduro, implica ante todo que el período de autoafirmación haya sido saldado con un relativo éxito (nunca dejaremos de conocernos y de sorprendernos de nuestras virtudes y de nuestros defectos). Sólo así, después de una identidad consolidada, el centro de la relación ya es el otro(a) con miras a formar un nosotros. En esta etapa se ha entendido que no hay un "amor perfecto", que "nadie está hecho el uno para el otro", que lo único que valen son los sueños compartidos y fundidos en un proyecto de vida unitario. Es la superación de un amor ideal, para entrar en la dinámica de un amor que se construye, es cuando se entiende que el amor no exige fidelidad, sino que el amor produce fidelidad; cuando se ve que el amor no es exclusivo encerrado en sí mismo, sino generador de vida y comunión. Un noviazgo así se atreve a ver los defectos de la pareja y a mostrarle los propios, es una esperanza de ser acogidos y acoger al otro en su integralidad, y esto sólo lo logra el perdón (hacia el otro y hacia uno mismo). En esta etapa de noviazgo no tiene cabida la violencia, pues el otro no se posee; sino que se ama.

Un amor que podamos llamar maduro no es muy común encontrarlo, no podemos culpar a los tiempos, pues si en el pasado, muchas veces la violencia hacia la mujer la sujetaba a ceder, a ser poseída, ahora, la mujer también quiere poseer y se vale de sutiles argucias para lograrlo. Repito, no se trata de someter, y mientras no entendamos eso, nuestro mundo relacional será un infierno. Para esto acudo a un pasaje del Evangelio, cuando Jesús terminando su discurso de las bienaventuranzas, habla del amor a los enemigos: "Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica." (Lucas 6:29) El mensaje no debe interpretarse como la resignación ante la violencia sufrida, sino a la grandeza de quien recibe la ofensa, es un acto de libérrimo enfrentamiento a la violencia, con dignidad. Recordemos que los mártires lo son no por "dejarse matar" sino por proclamar con la frente en alto su fe. Es decir, implica un amor propio sanado, que es capaz de no saberse rebajado por el otro, eso es presentar la otra mejilla, no esperando un golpe sino afirmando la inconquistable libertad, requisito indispensable para el amor.

En el noviazgo esto reviste una fuerza profunda: el respeto comienza con uno mismo. Yo no tengo que hacer nada para "conquistar" al otro(a), y con mayor razón, no tengo que soportar nada para lograrlo. El noviazgo no necesita ni de "pruebas de amor", ni de "exclusividades", ni de "máscaras". Todo ello va en detrimento del encuentro y favorece la conquista. En el noviazgo no existen lazos más allá del mero consentimiento, entonces, no hay ninguna razón para obsesionarse y querer mantener una relación que me violenta, y en vez de ser expresión de mi identidad autoafirmada frente a otro se convierta en la afirmación del otro no sobre sí mismo, sino sobre mí. Estas sutiles violencias pasan desapercibidas por el encandilamiento del enamoramiento y luego, cuando se establece el vínculo matrimonial, pareciese que el noviazgo fue una gran simulación. Por ello, si desde ahora tu relación enturbia la imagen que eres o te hace violentarte a ti mismo(a), ¡cuidado! La respuesta no es pues la disolución de vínculos, sino la veracidad en el noviazgo. Pon un alto ahora, si pierdes tu libertad serás incapaz de amar verdaderamente.

Te dejo como reflexión el himno a la caridad, un escrito muy revelador de lo que debe ser el amor (y en el caso de la violencia, checa el subrayado): El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Corintios 13:4-7) Pero atención: los últimos cuatro verbos son la manera de explicar el perdón, no la dejadez y la cobardía; no queramos primero vivir el sufrimiento si antes no hemos logrado un comportamiento decoroso, justo y verdadero.

Francisco E. Zulaica

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Congreso Nacional de Maestros Salesianos


Del 21 al 23 de noviembre se llevó a cabo el Congreso Nacional de Maestros Salesianos en el Colegio Anáhuac Chapalita de Guadalajara. Este encuentro trienal organizado por el Equipo Nacional de Educación Salesiana (ENES) tuvo en esta ocasión como tema de reflexión el Justificar a ambos lados"Acompañamiento, generador de cercanía y de conocimiento mutuo".

Provenientes de los colegios de las cuatro inspectorías de México: México (MME) y Monterrey (MMO) de las Salesianas (FMA); y México (MEM) y Guadalajara (MEG) de los Salesianos (SDB); 600 maestros de todos los niveles escolares, se dieron cita para acercarse más a la Pedagogía Salesiana en los contextos que afectan a la educación de hoy en día, como lo son: los nuevos lenguajes, la evaluación, el bullying (violencia en las escuelas), los "nuevos patios" de la comunicación social; así como elementos clave para la labor del docente: coaching y liderazgo, el manejo del estrés, y el acompañamiento salesiano y la necesidad de crear un ambiente educativo basado en el clima de familia, tal como lo quería Don Bosco.

Fueron significativas las intervenciones de Don Ángel Astorgano, Secretario General de la Organización Internacional de Educación Católica (OIEC), de los 4 inspectores con sus equipos de Educación, y en la Misa de Clausura de Mons. Miguel Romano, obispo auxiliar de Guadalajara y exalumno salesiano.

Para mayor información, puede accesar al blog del ENES