
Dentro de la Iglesia – que somos todos los bautizados –, al igual que los órganos del cuerpo humano, no somos todos iguales. Contando con la misma dignidad, cada uno, según su propia forma de ser y de actuar, contribuye a la construcción del Reino de Dios en el mundo.
Esta diversidad es obra del Espíritu Santo, que con cada uno de los modos específicos de relacionarse con Dios – llamados carismas –, dinamiza y rejuvenece a la Iglesia, dando respuesta a las exigencias de la historia. En los momentos de dificultad, ante situaciones que requieren de una intervención por parte de Dios, el Espíritu suscita hombres y mujeres que, en nombre de Jesús, hacen frente a las necesidades del mundo y de la Iglesia.
Así, en el siglo XIX, al estallar la Revolución Industrial e iniciarse el rápido crecimiento de las ciudades, muchos muchachos del norte de Italia se vieron forzados a emigrar a Turín, condenados a la marginación humana y religiosa, con grave peligro de su vida y de su espíritu. En esa situación concreta, apareció san Juan Bosco.

Un carisma no es algo que aparece de improviso, sino que se va moldeando poco a poco. Y podemos distinguir un carisma diferente en cada persona, así es de rico el Espíritu Santo. Pero hay carismas que son tan fuertes que marcan a otros. Así nace un carisma que llamamos de “fundador”, que despierta todo un movimiento de espiritualidad. Don Bosco es uno de estos casos. Cuando el papa Pío IX y hasta el gobierno anticlerical del Piamonte, se dan cuenta del gran bien que hace, sugieren a Don Bosco que funde una Sociedad que continúe su obra.

El carisma salesiano, pese a estar contenido en las Constituciones y Reglamentos de estos grupos, se entiende mejor al vivirlo en carne propia, por lo que las palabras no alcanzan para poder definirlo si no se experimenta. El carisma salesiano es como el oratorio: el ambiente de familia que se comparte en los patios, la relación educativa entre jóvenes y educadores que en la confianza y con palabras sencillas dan un buen pensamiento. Es la sensibilidad hacia los jóvenes más alejados y el compromiso de los más constantes. Sólo de esta manera, los jóvenes y los educadores, se descubren amados por un Dios que es ante todo un Padre, lo que provoca gran alegría y optimismo para encarar el futuro y anima el empeño por crecer, para ser mejores cristianos y mejores ciudadanos. El carisma salesiano es una escuela de santos, santos alegres y confiados en María Auxiliadora, como Domingo Savio y Laura Vicuña.

No hay comentarios:
Publicar un comentario